13 de agosto de 2014

Vudú y Desierto Western en la Inauguración de Nocturama 2014.



Adoro el olor a Nocturama las noches de verano en La Cartuja, la alta humedad y el alivio de la fresca birra, las parroquianas exaltadas, las sombras que al cruzar el monasterio delatan cierta envidia: en el escenario cosas grandes suceden, no queda espacio para tener los ojos cerrados.

Llega agosto y con él la cita a la que esperamos como fieles parroquianos: Nocturama 2014. Estamos además ante un año especial, de celebración: La Suite, productora del ciclo, cumple las primeras diez ediciones, diez años se dicen poco, pero sus señorías, aquí ha ocurrido toda una historia que contar y los partícipes tienen nombres y señas que han de reconocerse al mirar al espejo. Diez años para engrosar la historia musical de la capital andaluza. ¿Desde cuándo ocurren estos sucesos? Para un extranjero hispanoparlante que lleva la misma cantidad en esta ciudad que el ciclo aquí mentado y que ha podido contemplar el crecimiento cultural que ha ido a la par de la década, le es imposible dejar de pensar que este crecimiento sevillano, que se expande desde entonces, y mucho antes, en la música, la poesía y el arte, está en completa plenitud. En breve se mentará a esta Sevilla como referencia y cuando eso ocurra nadie dudará en hablar de estos diez años de música en La Cartuja combatiendo desde las trincheras de la cultura independiente.

Los Pelo Mono abren el ciclo, vienen de otra ciudad andaluza (que podría ser cualquiera, ustedes elijan), traen en las espaldas el rugido del surf y el rockabilly, lo traen hasta en los huesos, o desde los huesos; es cierto que enfrentarse a este dúo, provenientes de otras agrupaciones como Guadalupe Plata, requiere del ánimo necesario para adentrarse en desiertos donde no caiga el sol - bajo voluntad propia cualquier insolación es llevadera – donde los paisajes tiemblan por el hipnotismo de una guitarra agreste y monotemática, conductora de rituales más primitivos que la sed. No ha sido un recital extenso, pero se los juro, sentí la sequedad en la garganta y la travesía por el desierto almeriense; imagino que debajo de esas máscaras se esconden demonios del cante hondo que han perdido la lengua para encontrar su voz propia: una percusión con cuerdas y tambres perseguida por la distorsión del blues oscuro. Si alguien tembló de frío fue porque se les coló hasta los huesos el infierno de este dúo y no supieron volver.

¿Quién lo diría? Resucitamos comunalmente por cuatro muertosvivos simpáticos y en rebeldía, no al público, no al clima ni a la música siquiera: rebeldía consigo mismos y los seres debajo de las máscaras: Tiki Phantoms. Probablemente esos trajes enchaquetados contengan la energía de todos los surfistas que han caído al mar después de mirar la luz sobre las olas, de ahí que se desprenda un torrente de surf rock que contagie como gotas brincando desde la arena a nuestro rostro, son las fibras que hacen mover los pies, la cabeza, el torso y en cuanto te das cuenta estás encima de una colchoneta de plástico surfeando sobre una oleada de personas que están dispuestas al rito, a ser parte de él: agua en agua, riffs en riffs, contorsionismo y pirámides humanas, en algún momento ya no se sabe en dónde nos encontramos, si los Pelo Mono nos llevaron por el desierto y la sequía bárbara, todo lo que cierra la primera noche de conciertos, con los huesudos éstos, es humedad y sudor. Una maravilla contemplarnos en ese momento: una playa nocturna de ciudad, dizque en un museo, donde todos visten como si estuviesen en una urbe, cuando en verdad nos encontramos en El Palmar, en Hawaii, en algún planeta donde las mujeres bailan y solo suena una melodía surf. Gloria.

Señores, no diez más, mil años más de ellos, y de ser posible que la noche la continúe perpetuando Tali Carreto, que nos lleve ahí dónde él quiera, donde sólo él sabe.

Fotos. Óscar Romero.


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