6 de marzo de 2012

Ultramarinos: Luan Mart “El profeta profanador”


Acabo de llegar y de ver. Y de leer y de releer. “El profeta profanador”. No quiero que pase un minuto. En este libro se da cita la incapacidad de compromiso y de concesión con la pasión por la vida. Es el concepto escandaloso de la poesía. Es la nueva faceta del despertar revolucionario. Es el nihilismo de la esperanza. Es la gloria sin pagar ningún tributo. Envíeme, por favor, la dirección del pulverizador de lo esencial F.C.Flórez. Del enemigo implacable de la sumisión. Suyo, fernando arrabal del XVII

Luan Mart es, por simplificar desde el principio, un profanador, aunque no se trata, sencillamente de un sujeto afectado por el Síndrome de Erostrato sino más bien de alguien que busca, a través de la anomalía artística, la potencia de lo festivo. “El movimiento inicial de la fiesta reúne hombres que el consumo de la ofrenda contagiosa (la comunión) abre a un abrasamiento, empero limitado por una sabiduría de signo contrario: es una aspiración a la destrucción que estalla en la fiesta, pero es una sabiduría conservadora la que ordena y limita”[1]. La sabiduría conservadora es la sabiduría naturalista, causal, que busca la unidad de la experiencia por medio del tótem pero también empleando el mecanismo del tabú, asunto en torno al cual la experiencia preformativa de Luan gira obsesivamente.

Ese carácter maldito y, al mismo tiempo, sarcástico el que “marca” a Luan como un artista que no tiene nada que ver con la retórica institucional. Es, por un lado, demasiado anárquico y, aunque parezca paradójico, excesivamente sistemático. Porque él no se toma a broma su proyecto, antes al contrario, es uno de los artistas más insistentes que he conocido. No se trata de un “joven artista glamouroso” que utiliza referencias políticas, religiosas o sexuales para montar un discursito y entrar así por la puerta grande del Museo. Luan es, más que underground, un conspirador de catacumba, un profanador que no quiere sacar plusvalías inmediatas de sus actos. Si marca y erosiona su cuerpo, si expone su desnudez es porque quiere llegar a conseguir otro tipo de experiencia.

Aunque a Luan Mart le interesa el “freakismo” su posición artística no puede ser localizada ahí. Su rareza no es de esa índole. La marginalidad institucional en la que ha desarrollado su trabajo es la consecuencia de la hegemonía de un comportamiento estético ultra-banal que se presenta, impunemente, como el colmo de la “radicalidad”. Hace bien Luan Mart al izar la bandera de los Estados Unidos, en pelota picada, consiguiendo poner la polla tiesa. El Imperio tiene, lo sabemos todos, un sustrato de rara normalidad y se muestra intolerante con todos los violadores de su religión. La censura ha caído, en algunas ocasiones, sobre la obra de Luan que toca temas que, es cierto, son tabú: desde la embarazada que lleva un cinturón de bombas como una terrorista suicida, a los soldados calcinados, juguetitos nada edificantes. Su obra es, en muchos casos, molesta para las “buenas conciencias” del mundo globalizado. No se podía esperar otra cosa que la marginalización, precisamente porque no es un freak.

Texto de Fernando Castro Flórez

Mas información de Luan Mart en:

http://www.youtube.com/watch?v=w7WpKkthLZE

http://www.youtube.com/watch?v=l4xcIYzTbWo&feature=related

http://luanmart.blogspot.com/



[1] Georges Bataille: Teoría de la religión, Ed. Taurus, Madrid, 1981, p. 57.


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