24 de febrero de 2010

PLACA participa en "40 Barcos de Guerra, Antología de poesía y sus editoriales"


Es definitivo: Se acaba de publicar en México la Antología de poesía y sus editoriales: 40 Barcos de guerra; se postula desde su salida como una publicación de referencia para comprender una amplia visión de la literatura mexicana de principios del siglo XXI.

Da igual si son ojos de lectores, curiosos, investigadores, rompedores o nostálgicos; estamos ante una titánica publicación, extensa y con ambicioso formato que compila el trabajo de más de cuatro decenas de editoriales, proyectos culturales y revistas literarias.

La PLACA tiene el orgullo de participar en ella. Hace poco más de un año, recibimos la invitación por parte de Andrés Cisneros y Adriana Tafoya, de inmediato sentimos la necesidad de participar en tan ambicioso proyecto, siendo los responsables personas/poetas con los que tenemos afinidad y que han estado siempre cerca en colaboraciones con la PLACA, específicamente en el Recital Chilango Andaluz.

Ha tardad un buen tiempo cocinar adecuadamente este trabajo, que al tenerlo ya en formato libro impreso, se deja querer con el espectro poético de un país que necesita navegar por senderos culturales, creativos y de unificación.

Adjuntamos un fragmento de una reseña que hemos encontrado en Internet sobre la presentación de la Antología en la reciente XXXI Feria del Libro del Palacio de Mineria:

En las paredes del mundo: la guerra






Parte del público, Ivan Leroy y Norma Bazúa durante su lectura.


Los poetas también somos mamíferos excitados, hombres y mujeres que insistimos al marcar nuestra presencia en los espacios que habitamos con incisiones como sublimación de nuestra consciente intrascendencia física hacia el sentido de la trascendencia temporal. Lo anterior exige al menos una consciencia de la muerte, el amor y la lucha, es decir, el nacimiento del arte. El arte no sucede sino hasta que hombres y mujeres nos sabemos seguros (al menos) de que vamos a morir. Edificamos torres o bibliotecas, ciudades enteras dedicadas a un dios o a un humano con poder; capillas o pirámides siempre tratando de ocultar la certeza de nuestras faltas. Se justifica el fratricidio. La invasión de los milagros ajenos, distantes, convertidos por la retórica en el discurso de “lo otro”. Orinamos el espacio del enemigo para afirmar nuestro espacio que luego es invadido para activar nuestra venganza, o bien, le escribimos el poema. Todos somos Capuleto o Dantesco; Garcías o López. Firmamos nuestras obras con la orina o la tinta de nuestra identidad ficticia e impuesta como todas. Graphein es escribir decían los griegos. Escribimos con lo que tenemos a nuestro alcance. Con lo que nos alcanza. Para alcanzar a ser. Poetizar es llamar la atención de los otros para afirmar una presencia, frente a la autoridad o la costumbre, ante quien se desea o contra lo que se odia. Poematizar la vida presupone un desconcilio. Desconcilio de lo interno con lo externo. De lo individual ante lo colectivo. Del resentimiento contra la sensiblería. Del desfavorecido contra el rico: los pobres también escriben. Porque lo primero que se hace después de aprender a escribir es rayar. Se raya el salón de clases como la pared pese al sacrosanto mandamiento materno —previa omnipresencia paterna— del “no rayarás la pared”. La pregunta inquisitorial. ¿Quién pintó la pared? Se le presenta al poeta como parte fundamental de su condición propia de sujeto sujetado. Rayar es el ejercicio ontológico que antecede al de rayarla, posibilidad marginal de autoafirmación popular. Pero el poeta por más leído o escribido, no supera su trauma de escribir con patas de araña, por más computadora, ama su pluma fuente, por más pedefes, quiere ver su poema impreso como en 1442 lo inaugurara Gutenberg o Juan Pablos en México, en 1539.





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Es necesario el diálogo entre creadores y lectores, en este mundo en el que ambos son un poco del otro.

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