10 de abril de 2009

Por la lectura, por José Luis Sampedro.


Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un
Maestro Nacional llamado D. Justo G.. Escudero Lezamit. A punto de
jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no
tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía
su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con
libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus
'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo
cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la
semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo
madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho
cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón
exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al
principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de
guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato
mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por
ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran
quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo.
Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban
y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de
que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres
que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una
joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después
descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de
atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias
tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por
iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado
cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con
largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer
a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que
el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a
la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus
usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades
que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos
pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su
labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón
bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de
pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada
libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los
autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una
suma es porque:

a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la
adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por
cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y
fomentar la lectura?

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso
dejaron de cobrar por el libro?.. ¿Se les leerá menos por ser lecturas
prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como
cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se
quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos
leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me
lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la
difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de
autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en
diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro

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